A menudo nos imaginamos la aventura del emprendimiento como un tiempo de trabajo duro, con dificultades y complicaciones pero con el espíritu del emprendedor arriba, luchando por crecer y mejorar.
La verdad es que todo eso es cierto, pero se nos suele olvidar la parte "espiritual". Aún siendo una persona muy positiva, es cierto que a veces -como todos - me canso. He pasado una temporada con pocas ganas de escribir, de hacer o de contar.
Y no han ido las cosas mal, que va, al revés, desde septiembre las cosas apuntan muy buenas maneras, pero, por el motivo que sea, me dio por verlo todo negro.
Mirado fríamente, las ventas crecen, así como los costes hemos conseguido rebajarlos en algunas partidas, entonces... por qué?
En cualquier trabajo es imposible que se den todas las variables positivas: te gusta tu trabajo, te gusta tu jefe, estás a gusto con tu horario y con tu sueldo. Siempre hay algo que falla. Creo que en el caso de tu propia empresa es el problema mayor es la conciliación. Pero no sólo la familiar, también la individual. La sensación de que inviertes el 100% de tu tiempo y no siempre la recompensa económica - no de la empresa, sino tuya en particular - es acorde con el esfuerzo.
El trabajo dependiente tiene como ventaja que a fin de mes siempre hay un sueldo que cobrar. Una empresa siempre tiene facturas que pagar. Siempre es necesario reinvertir.
Tal vez, con financiación ajena nos hubiéramos asignado una remuneración acorde con el esfuerzo, pero como en nuestras casas ya hay quien trabaja para terceros y trae el sueldo fijo, hemos sacrificado el nuestro por la salud financiera de los primeros años de rodaje. Esto probablemente ha sido la causa de mi desánimo.
Una vez lloradas mis penas, sólo me queda ponerme las pilas y aplicarme el famoso dicho
"contra pereza diligencia" ¡A currar!
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